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Los antiguos Antruejos en tierras bañezanas

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En el presente artículo mostramos el apartado que hemos titulado "Los Antruejos", uno más de los que componen el epígrafe "La vida campesina"  y que corresponde al Capítulo II (La Restauración) del segundo volumen (LOS PROLEGÓMENOS DE LA TRAGEDIA. La Segunda República y sus preámbulos en la comarca bañezana) de la obra LA BAÑEZA 1936. LA VORÁGINE DE JULIO (Golpe y represión en la comarca bañezana), que actualmente nos hallamos rematando. Hemos recogido también algunos datos más que tratan sobre los carnavales en algunos lugares de las tierras bañezanas extraídos de otros capítulos del libro.

José Cabañas González                                                                                                                                                                                                                                                        Febrero de 2013


    En las fiestas de los pueblos de la comarca bañezana se sucedían los bailes de dulzaina y tamboril (eran afamados los de la ribera del Órbigo) en la plaza del lugar; y en los carnavales los disfraces asequibles y los socorridos esquilones y cencerros de animales (instrumentos idiófonos los nombran los etnólogos) los muchachos; las muchachas lucían los manteos o rodados de paño grueso, los mandiles de abalorios y los pañuelos de ramos sacados de las arcas en las que reposaban desde que las abuelas habían dejado de usarlas, allá por 1880; indumentaria tradicional de lino, lana y estameña que requería de entre diez y quince prendas (teñidas cuando era el caso en el tinte de Villamandos, el más afamado del partido e industria antaño floreciente; en 1928 aún existe en La Bañeza una tintorería así llamada y a nombre de “hijos de Benito”) además de grandes piezas de joyería que daban cuenta de la riqueza de cada persona, y a veces de la localidad, pues los vecinos cedían todas sus joyas a la mujer que en la ocasión y ceremonialmente las lucía[1].

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    Así eran los antruejos en la segunda década del siglo XX y lo fueron aún por muchos años, como por mucho tiempo salió en los de Jiménez de Jamuz “el toro” (armazón o aparejo de madera travestido de humilde vestimenta de sacos o de mantas que portaban uno o dos jóvenes, dotado de un par de cuernos a su frente y trasunto de personajes zoomorfos de otros carnavales, como “la morena” de los cercanos de Galicia, o “la gomia” y “la mula” de los más próximos de Carrizo de la Ribera y de la comarca leonesa de Rueda) a embestir a los mozos y a las mozas y a tratar de levantarles a éstas las faldas con la cornamenta, recorriendo las calles del pueblo para susto de grandes y pequeños mientras otros disfrazados llevaban un fardel del que extraían la ceniza con la que tiznaban a los descuidados, que en ello y en realizar tauromáquicas pantomimas y mascaradas hilarantes consistía allí “correr el carnaval”, como lo era en Alija (de los Melones entonces) que “los jurrus” asustasen a todos con grandes tenazas de madera que blanden al son de cencerros durante los cuatro días de carnestolendas y jurraran y dieran las mazaculas a las mozas que se atrevían a salir de casa, mientras peleaban con los esbirros de doña Cuaresma, “los birrias”, hasta que finalmente el bien se imponía sobre el mal y el Gran Jurru recibía en la hoguera purificadora su castigo. 

   El ambiente del híbrido urbano de la villa/ciudad cabecera de comarca agrícola que es La Bañeza lo describe en breve alusión el jurisconsulto bañezano Manuel Fernández Núñez en su obra de 1931 Folklore bañezano: El domingo y el martes de carnaval los aldeanos del contorno se reunían allí para bailar en la Plaza, y entre ellos las máscaras de Castrocalbón conocidas como los juanillos, que antes habrán participado en las rondas moceriles de cantos petitorios de viandas y aguinaldos al compás del tamboril, acompañados por los arrumacos que agitan panderetas con sonajas y suenan castañuelas, al tiempo que introducen por las ventanas una larga vara con cintas de colores en la que los vecinos cuelgan los presentes con los que premian al pedigüeño cortejo, que a su término dará cuenta de ellos en una opípara merienda rodeada de francachela, baile, cantos y jarana. Otros acompañantes podían ser los farramacos de Castrocontrigo, cubiertos los rostros con máscaras y el cuerpo con enaguas blancas para meter miedo cual fantasmas y alborotar a los vecinos[2].

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    Es Ernesto Méndez Luengo[3] quien refiere como en los carnavales bañezanos pobres y ricos, niños, jóvenes y mayores rivalizaban en ingenio y buen humor disfrazándose con los más bellos, típicos, singulares o extravagantes trajes que deleitaban a propios y forasteros. Se bebía, y mucho, en las tabernas, mientras en los casinos y cafés los incautos labradores de los pueblos del partido dejaban sus ahorrillos de todo el año en las mesas de juego a manos de los tahúres locales. No faltaba tampoco el clásico partido de fútbol entre un equipo de gentes de la clase obrera y artesana y otro de los mejor acomodados, y en los merenderos de las afueras, junto a los planteles de chopos, se usaba y se abusaba del porrón jugando a los bolos o a la rana, rematando el martes las fiestas con bailes en los casinos, sociedades y Círculo Mercantil, y la elección de la guapa del año en el teatro abarrotado de bullicioso público.

     En el último tercio del siglo XIX un grupo de gentes de buen humor capitaneadas por el popular alguacil municipal conocido como el tío Usia divertían en las fiestas de carnaval al pueblo bañezano bailando y cantando la canción “Rengue…, rengue”, que más tarde recogería el músico local Odón Alonso González para presentarla con otras en el gran concierto que el Orfeón Leonés por él dirigido daría el 8 de abril de 1934 en el Teatro Pérez Alonso[4]. Algunos años más tarde los carnavales o antruejos resultaron deslucidos. Así ocurrió en los de 1915, según la crónica que de su despedida se hace en El Jaleo, destacando de ellos las coplas referidas al pozo artesiano que desde junio del año anterior se pretendía disponer en Villamontán y a sus peripecias, y reseñando la poca valía de las comparsas (entre ellas “la bonita de modestos y simpáticos jóvenes de ambos sexos postulando a favor de los heridos y familias de los muertos en la campaña de África, a la que tan buena acogida se dispensó, que cantaban una patriótica jota dedicada a los pobres soldados”), lo desmerecido del entierro de la sardina, la menor animación que los años anteriores (se nos ocurre el posible factor de desánimo de la guerra europea, recién iniciada), y los concurridísimos y brillantes bailes de sociedad en el Casino y el Liceo. A aquellos bailes y a los de disfraces y máscaras y al de Piñata del Carnaval, se concurría también en el Teatro Seoanez (después de su inauguración en 1923), del que para la ocasión se retiraban algunas butacas (contaba con 650 y 6 plateas) convirtiendo su sala en elegante y espaciosa pista[5].

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    Años después, prohibidos los carnavales como tantas otras cosas durante tanto tiempo, eran muy reducidos los disfraces que se paseaban por los soportales de la Plaza, más para esconderse de la autoridad que para guarecerse de las inclemencias de febrero, guardando como castillo numantino resistente a toda interdicción gubernativa, a pesar de todo y de la severidad del franquismo, el sagrado fuego de la libertad de la fiesta durante los casi 40 de dictadura, en los que raro fue el año en el que en las calles de La Bañeza no se viera alguna representación de la bufonada pecadora e insultante, sacudida por la fusta del poder, camino del encierro en la trena benemérita o en “la perrera” (la Prevención municipal) o de la multa por romper la competente proscripción, cuando no había que salir pitando para llegar a la estación al paso del tren correo de Madrid y bajarse en el siguiente apeadero para regresar andando a la ciudad[6], y ello hasta los últimos estertores de la represión, en que los tradicionales antruejos se revistieron nominalmente de “Fiestas de Invierno” para burlar o disfrazar así la mala conciencia represora de los entonces mandamases del Movimiento local y provincial[7], a los que ya en la posguerra se había enfrentado una emblemática mujer, madre soltera llamada Encarnación Rodríguez Martínez (Encarna) y apodada “la Charra” y “Flor del Té”, instigadora y gran sacerdotisa del Entierro de la Sardina, pretendiendo que el Carnaval Bañezano se mantuviera en aquellos tiempos de prohibiciones y censuras del nacionalcatolicismo (empeño que le costaría dormir algún antruejo en la cárcel, a la que era conducida desde la vecina tienda que regentaba[8]) después de haber sorteado los anteriores de otra dictadura, la de Primo de Rivera, en la que, en 1930 y ya moribunda, “el gobierno lo prohibía y la prensa de orden, que clamaba desde antiguo por su desaparición o por su apartamiento del centro de las villas y ciudades, instaba a las autoridades locales a que, secundando la medida, impidieran en lugares públicos las molestas mascaradas”[9].

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Algunos otros datos espigados y correspondientes a los Antruejos de otros años:

    El número del semanario bañezano El Eco posterior a los carnavales de 1908 informa del decaimiento y la tranquila calma que aquéllos mostraron, no obstante la presencia de la brillante Tuna Bañezana, el animado paseo en el Parador, y los concurridos bailes del Casino La Unión, el Liceo Bañezano, y los salones Laciana y el Relámpago.

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    La vida cotidiana siguió en los años 20 su curso a pesar de la falta de libertad y la censura, que no impidieron la invasión de cupletistas y compañías cómicas en los tablados de cafés y teatros. Las campañas de la prensa católica contra las varietés, los cafés cantantes y las casas de juego no consiguieron frenar la alegría de vivir propiciada por la prosperidad económica que acompañó al fin de la guerra europea, bonanza que trajo consigo los espectáculos, el cine, los deportes y la diversión, combatidos por el conservadurismo católico desde las Ligas contra la inmoralidad y la pornografía, los actos de desagravio por los carnavales, y los bandos gubernativos y las pastorales sobre la inmodestia en las costumbres que fijaban la separación de sexos y lo permitido en bailes, atuendos y excursiones. Pío XI condenó también en 1928 los excesos en el deporte femenino, y aprobó con complacencia en 1930 estatutos como los de la alemana Liga femenina contra las modas inmorales que comprometían a sus integrantes en cuanto a los ejercicios físicos y las medidas, modos no ajustados y telas no transparentes de los vestidos, y a la exclusión de los concursos gimnásticos y de natación y de los entretenimientos en la tarde del sábado y en la media noche, limitaciones éstas y otras parecidas que entonces se predicaban aquí[10] y que unos años después serían impuestas a toda la sociedad desde el nacionalcatolicismo triunfante.

Una de las coplas de los carnavales de 1925, sobre la broma del falso número de Lotería premiado en enero de aquel año.- (Enlace)

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    Al final de febrero de 1931 en los salones de la distinguida sociedad Casino La Unión se celebró el Domingo de Piñata una cena americana servida por el Hotel Magín (después renombrado Hotel Madrid) y amenizada por la gran Orquestina Jazz Odón, y con tal motivo rememoran en La Opinión los antiguos y suntuosos “bailes de piña” de las madres y las abuelas tocadas con aquellos trajes de estrechísima cintura, con la sorpresa del regalo para la dama agraciada con la cinta de seda y las cintas trampa de varios metros de hiladillo de las que tiraba y tiraba la pareja desafortunada entre la hilaridad de los concurrentes, y la repetición al día siguiente de aquel otro al que invitaban los “Reyes de la Piña”, la pareja agraciada, que obsequiaba a los asistentes con un té o dulces y vinos generosos. Por cierto que aquel año, a propósito de “las escasas y ya manidas comparsas y de la poca animación de los bailes en las sociedades y en el Teatro y el Nuevo Salón”, se añadía que “poco a poco esta fiesta pagana va llegando a su término”. 

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    En 1932, el alcalde Toribio González Prieto expone al vecindario mediante bando, muy similar por cierto al del alcalde de León, unas estrictas normas y prevenciones para la celebración de los carnavales de aquel año “dentro del buen orden y la moralidad” (en ellos se eligió, entre las cinco concurrentes al concurso de belleza, Señorita Bañeza 1932 a la quinceañera Aurita del Pozo López).

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    Finalizando el mes de febrero de 1933 y cercanos ya los carnavales (para los que se contratarán, como los años anteriores, unos tamborileros y el grupo Los Alegres para que actúen en la Plaza Mayor) se celebran en la bañezana Iglesia de Santa María (de igual modo también que los pasados años) funciones de reparación y desagravio a Jesús Sacramentado con ocasión de aquellas festividades mundanas, en las que en los tres días de carnestolendas (se dirá en el número de La Opinión  del 26 de febrero) se celebrarán en el Teatro Seoanez por la tarde y por la noche grandes bailes de mascaras como en años anteriores.

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    En el pleno municipal del 28 de febrero de 1934 se acordaba abonar 105 pesetas a los músicos Los Alegres por su actuación en los pasados carnavales.

    El 5 de febrero comenzaba en la valdornesa villa de Destriana un solemne novenario en honor del Sagrado Corazón de Jesús “como desagravio por las ofensas que recibe en estos días de carnaval”, informaba el corresponsal del católico semanario bañezano El Adelanto. Los antruejos transcurrieron allí con mucho jolgorio y algazara entre los jóvenes en el típico y muy animado baile, y con muy pocas máscaras, con lo que "se da por desaparecido el carnaval callejero, que bien ido sea", se dice después de transcurridos. 

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    Se resuelve en la sesión  municipal del 13 de marzo de 1935 abonar cuentas a las agrupaciones musicales Los Alegres y Los Gandules por sus actuaciones en las tres tardes del pasado carnaval.

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    Los carnavales transcurrieron en Destriana con mucha alegría un año más, "pero Momo no habrá quedado muy satisfecho, dado el poco culto que aquí se le rinde; los enmascarados han abundado poco, con lo cual se da por terminado el carnaval callejero de antaño" (dice también de nuevo, un año más, El Adelanto), y lo que afirma no parece ser óbice para que también un año más “se desagravie al Sagrado Corazón por las ofensas que contra él cometen estos días los malos cristianos con la celebración de un solemne triduo”.

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    Los antruejos bañezanos de 1936 eran animados por los conciertos de la tuna astorgana Los Macacos[11] (dirigida por nuestro paisano el ilustre “Chela” y acompañada en calidad de damas de honor por un grupo de simpáticas señoritas del Círculo Mercantil, según El Adelanto), además de por dulzaineros y por la comparsa musical Los Gandules (que repetía su asistencia), y a unos y a otros por su contribución festiva aquellos días destinaría la corporación sendas gratificaciones en metálico. Con escasa animación se celebraban las carnestolendas en Santa María del Páramo, que van decayendo de modo notable cada año, siendo bastante concurridos los bailes en los salones. Se dieron varios conciertos en el Café Llanes por inteligentes artistas que fueron muy aplaudidos, y visitó también la villa una muy bien organizada comparsa de Benavente (al decir de El Diario de León).  

    En Astorga, el Casino y la Sociedad Lírica Astorgana anunciaban el día 25 los tradicionales bailes de estas fechas carnavaleras.

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[1] CUBILLAS, Andrea. “La historia del vestir leonés”. LeoNoticias.com. 01-10-2010. “Así vestían los tatarabuelos”. Diario de León. 01-10-2010.

[2] JUSTEL CADIERNO, Antonia Marina y FERNÁNDEZ MORÁN, Miguel Ángel. Castrocontrigo en la memoria. Historias, tradiciones, semblanzas. León. Ediciones del Lobo Sapiens. 2011, p. 316.

[3] MÉNDEZ LUENGO, Ernesto. Tempestad al amanecer. Madrid. G. del Toro editor. 1977, p. 103.

[4] MARCOS DE SEGOVIA, José. Algunas efemérides bañezanas. León. Imprenta Comercial. 1957, p. 119.

[5] BLANCO GONZÁLEZ, Conrado. Capiteles para la historia bañezana. V. La Bañeza. Ediciones del Curueño. Monte Riego Ediciones.2003a, p. 59.

[6] DOMINGO, Alberto. “El pueblo es el éxito del Carnaval”. “La crisis noquea al Gran Jurru”. Diario de León. 03-03-2011.                                                                                                 Imagen 9 >>>>>>>>>

[7] BALCELLS, José María. (coord.). Visiones del carnaval. La Bañeza. Universidad de León. Ayuntamiento de La Bañeza. 2005, pp. 25, 63, 93,122, 180, 216, VIII.

[8] FUERTES, Polo. “De cárcel de La Bañeza a parque infantil infrautilizado”. La Crónica de León. 11-02-1990.

[9] “Del carnaval”. El Diario de León. 14-02-1930.

[10] “Una liga que se impone”. El Diario de León. 21-03-1930.

[11] Aquella agrupación musical entregaba al inicio de abril al alcalde astorgano 350 pesetas como donativo para las Cantinas del Grupo Escolar, y otras tantas para las Cantinas de San Vicente de Paul, “producto de las recaudaciones de la entusiasta estudiantina en los pasados carnavales”.

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Imágenes:

Imagen 1.- VV.AA. (1995). La Bañeza de villa a ciudad. 1885-1995. La Bañeza. Santiago García. Editor. Ayuntamiento de La Bañeza.

Imagen 2.- "Toro" y "guirrio" del carnaval de Carrizo de la Ribera (León). Fotografía de Joaquín Alonso. De BALCELLS, José María. (coord.). Visiones del carnaval. La Bañeza. Universidad de León. Ayuntamiento de La Bañeza. 2005.

Imagen 3.- Cartel anunciador del Carnaval bañezano del año 2009.

Imagen 4.- Carnaval en León (fotografía de Germán Gracia). 1910. De Una provincia en blanco y negro. Sección de Fulgencio Fernández y Mauricio Peña en La Crónica de León. 20-02-2012.

Imagen 5.- Tuna Bañezana. VV.AA. (1995). La Bañeza de villa a ciudad. 1885-1995. La Bañeza. Santiago García. Editor. Ayuntamiento de La Bañeza.

Imagen 6.- Mocedad. VV.AA. (1995). La Bañeza de villa a ciudad. 1885-1995. La Bañeza. Santiago García. Editor. Ayuntamiento de La Bañeza.

Imagen 7.- Tarjetón anuncio del Carnaval bañezano de 1935 conservado entre las propiedades de quien fue Interventor de fondos municipales del ayuntamiento bañezano entre 1934 y 1936 Norberto Ángel Martínez Mielgo, uno de los 11 asesinados por los sublevados en Izagre el 10 de octubre de 1936 (facilitado por su sobrino Fernando Calzado Martínez).

Imagen 8.- Tuna astorgana Los Macacos. Tomada de la web "mis cosas. Astorga, años 30".

Imagen 9.- Tres generaciones. VV.AA. (1995). La Bañeza de villa a ciudad. 1885-1995. La Bañeza. Santiago García. Editor. Ayuntamiento de La Bañeza.

 

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